Daifuku chō




Daifuku chō: Libro de cuentas. Tipo de registro muy utilizado en el periodo Edo (1603-1868) como diario de viajes, registro de huéspedes en las posadas y, en especial, como libro de cuentas de los comerciantes. Se le denomina así porque en la cubierta figuraba habitualmente la inscripción daifuku, o ‘gran fortuna’, que expresaba la aspiración de prosperidad de los mercaderes. Los registros se ensartaban con un largo cordel para que en caso de incendio pudieran agarrarse con facilidad y ser arrojados a un pozo cercano para, más tarde, poder rescatarlos sin daños.

Sobre esta modalidad de encuadernación, véase La encuadernación japonesa. Instrucciones de un maestro artesano, de Kōjirō Ikegami (Madrid, Clan Editorial, 2011, pp. 96-98).

Hosho




“[...] lo único que nos inspira el papel de Occidente es la impresión de estar ante un material estrictamente utilitario, mientras que sólo hay que ver la textura de un papel de China o de Japón para sentir un calorcillo que nos reconforta el corazón.  A igual blancura, la de un papel de Occidente difiere por la naturaleza de la de un hosho o un papel blanco de China. Los rayos luminosos parecen rebotar en la superficie del papel occidental, mientras que la del hosho o del papel de China, similar a la aterciopelada superficie de la primera nieve, los absorbe blandamente. Además, nuestros papeles, agradables al tacto, se pliegan y arrugan sin ruido. Su contacto es suave y ligeramente húmedo como el de la hoja de un árbol”.

Junichirō Tanizaki
El elogio de la sombra
27ª ed., Madrid, Siruela, 2011, pp. 27-28.

Invectiva contra el brillo



“Si se han visitado algunas bibliotecas, particulares o públicas, y un número suficiente de librerías de nuevo y de viejo, y, claro, si se está familiarizado con los libros que se han editado en este país, únicamente por los lomos de los libros, de un golpe de vista, se tendrá una idea aproximada del conjunto, al menos en bibliotecas con libros de los dos últimos siglos, desde que las lomeras empezaron a tener su importancia tipográfica. Bastarán unos segundos para saber si lo que ahí se ha juntado es o no de nuestro interés. ¿Cómo? En cierto modo por ósmosis, pero también por el brillo y los lomos.
El brillo es delator, los colores también. El brillo aparece en los libros más o menos por las mismas fechas que el  nailon, los platos de duralex y los sputniks. Así pues, una biblioteca sin brillo es una biblioteca anterior a 1950.
Los libros, y las bibliotecas, cambiaron de fisonomía en el momento en que no hizo falta llevarlos al encuadernador. Externamente los libros han experimentado tres grandes revoluciones. El día que la piel bruñida y jaspeada de las encuadernaciones de pasta sustituyó al pergamino blanco y la vitela que había campado del siglo XI al XVII. La segunda sobrevino cando los libros en rústica empezaron a hacer innecesarias las encuadernaciones de piel, y, por último, la revolución más agresiva sobre el ecosistema bibliográfico: cuando empezaron a plastificarse las camisas y cubiertas rústicas de los libros. Eso levantó una gran muralla entre los libros de brillo (modernos) y los sin brillo (antiguos).
El brillo ha sido la última plaga de los libros, una fiebre más persistente que otras que nacieron con ella y que los atacaron igualmente, por dentro o por fuera: el plexiglás, el guáflex, el papel ácido, materiales que tendrían en otros órdenes de la vida doméstica sus correlatos: el duralex, la formica, el linóleo, el tergal… Las  ventajas del plástico (conservación a prueba de baqueteos y devoluciones) sobre la vieja estética del libro han prevalecido durante casi medio siglo.
El brillo es consecuencia de los barnices y el plastificado, al mismo tiempo que preserva el papel de la suciedad, realza los colores y alarga su vida, al menos durante un tiempo, condenándolo luego a una existencia barata, sucia y andrajosa, pues nada envejece peor que el plástico. Sabiéndolo, los editores han dado a los libros el mismo tratamiento gráfico que a otros muchos objetos de consumo, de mercado. La literatura como mercado. Las bibliotecas actuales se caracterizan en su mayor parte por una tonalidad chillona y estridente, como la misma sociedad moderna lo es, acuchillada por todos lados de ruidos indeseados o tabarras eléctricas más o menos pegadizas”.

Andrés Trapiello
Tipografía moderna. Tipografía y literatura  en España 
(Campgràfic, 2006)
 

Cajita Valle-Inclán


"Mis sentidos tornan a ser infantiles,
tiene el mundo una gracia matinal,
mis sentidos como gayos tamboriles
cantan en la entraña del azul cristal."